Quería recordar los años que tuve la fortuna de tener la amistad de Manuel Marzal y solo alcancé a recordar que entonces estaba en la edad de la ilusión a la vuelta de la esquina y la rebeldía agazapada en la palabra. Solamente pude recordar las muchas veces que no asistí a clases por una impronta poética que luego corría a mostrar a este amigo tan sabio como paciente. Hablábamos de todos los temas en especial de mi crisis de fe, de los indigenistas y de la narrativa francesa. Devotamente compraba todos sus libros. Nunca se lo dije. Como tampoco te dije la profunda admiración y cariño que siempre me inspiraste, querido Manolo. Muchos de los escritos de esos años fueron posibles porque siempre tuve un indeclinable oyente. Tus consejos fueron verdaderas profecías. Y es que Manuel Marzal tenía un notabilísimo talento para concertar la confidencia. Extremeño de nacimiento, Manolo dedicó la vida a ejercer un magisterio de amor al Perú, a su fe y a su carrera. Lo extrañé muchas veces cuando dejé las aulas y pocas veces regresé a su amical abrazo. Hubo ocasiones en que me bastó tomar entre las manos el diminuto libro de latín que cierta vez me regaló (o me prestó tal vez) para escuchar su reconfortante saludo “Cómo estás chica feliz”. Manolo, tus profecías se cumplieron y, ahora, cansada de estrellarme frente a las mismas cascadas, he decidido convertirme en la “chica feliz” que tantas veces saludaste.
De pronto, hoy, me llegó un nombre en los primeros minutos de mi vigilia…Willy Pinto Gamboa. Incondicional amigo, fino narrador, editor y ante todo, un abrazo abierto para acunar confidencias, decepciones y divagar sobre las razones o pretextos que nos atan a la vida. No sé si tuvimos amigos comunes. Nunca caímos en la tentación, tan propia de los escritores, de hablar de los demás. Ni mal ni bien nunca hablamos de nadie, sí mucho de narrativa, dramaturgia y poesía. Willy poseía una voz cautelosa, tibia y a ratos celebrante. Sus grandes manos permanecían quietas en largos momentos y de pronto se avivaban y parecían dibujar las locuras metafísicas que tejíamos en complicidad. Nos veíamos a menudo y siempre me pedía un artículo. Casi nunca cumplía en llevarle algo, pero igual recibía esa colosal sonrisa de bienvenida que me parecía un paréntesis en la vida de un hombre demasiado lúcido para ser simplemente feliz. Hoy sin mediar motivo, recordé a Willy, pero creo que hace mucho que extrañ...
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