Hoy mi hijo regresa de Nueva York. Cuánto lo he extrañado. Pensé que tendría más tiempo, que haría mil cosas y que escribiría otras tantas. No ha sido así. Hasta mis más minúsculas acciones matinales están ligadas a él. Actos tan simples como despertarlo en las mañanas o andar de puntillas si no tiene clases. Fueron tres semanas, tiempo suficiente para descubrir que mi vocación de soledad tal vez solo fue un sofisma que en algún momento me inventé y terminé por creer. En estas tres semanas, ni la lectura, ni la escritura…solo el cine, mi balcón y pensar mucho en lo rápido que pasaron los trece años que comparte conmigo y lo matinal de sus ansias por dejar el nido. Así te forjé, querido, fuerte, curioso, autónomo y con alma de explorador. No podía ser de otro modo, Toda la tierra siempre te será propicia. Con todo mi corazón, Bienvenido a casa, mi niño, Bienvenido a la abrigadora rutina que por ahora compartimos.
De pronto, hoy, me llegó un nombre en los primeros minutos de mi vigilia…Willy Pinto Gamboa. Incondicional amigo, fino narrador, editor y ante todo, un abrazo abierto para acunar confidencias, decepciones y divagar sobre las razones o pretextos que nos atan a la vida. No sé si tuvimos amigos comunes. Nunca caímos en la tentación, tan propia de los escritores, de hablar de los demás. Ni mal ni bien nunca hablamos de nadie, sí mucho de narrativa, dramaturgia y poesía. Willy poseía una voz cautelosa, tibia y a ratos celebrante. Sus grandes manos permanecían quietas en largos momentos y de pronto se avivaban y parecían dibujar las locuras metafísicas que tejíamos en complicidad. Nos veíamos a menudo y siempre me pedía un artículo. Casi nunca cumplía en llevarle algo, pero igual recibía esa colosal sonrisa de bienvenida que me parecía un paréntesis en la vida de un hombre demasiado lúcido para ser simplemente feliz. Hoy sin mediar motivo, recordé a Willy, pero creo que hace mucho que extrañ...
Comentarios