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Un reconocimiento tardío

Entonces tenía la edad de la adolescencia asomada en la mirada de asombro y miel. Tenía un primo o cuasi primo que era mi principal referente académico porque ya era universitario y decían de él que era extremadamente inteligente y estudioso. Conversamos muy poco, creo que más por mi timidez que porque él fuese ese tipo de jóvenes que no pierde el tiempo conversando con gente menuda. Dado que tenía la voz pausada, a mí parecía que debería ser muy sabio y muy noble. Las pocas veces que coincidíamos me cuidaba de atrincherarme en un laconismo férreo; no fuera a suceder que a tan sabio joven le pareciera una niña boba. Hasta ahora recuerdo su cabello ensortijado enmarcando un rostro alargado y amable. Ingresé muy pronto a la universidad, antes de cumplir los dieciséis, empezaron mis días de profesora preuniversitaria y dirigente estudiantil. Creo que nunca llegué a conversar con este joven que mis ganas de ser sanmarquina empezaron cuando oía hablar de sus hazañas académicas.


Hoy, en la tarde, atendí una llamada y con más de tres décadas de retraso pude contarle que le tenía una gran admiración en esos años. La parquedad quedó en el pasado y le hablé al muchacho de entonces con la alegría del reconocimiento. No le conté que de mí también se contaron muchas hazañas académicas y que tal vez algún niño o niña haya pensado que sería formidable tener la pasión de aprender que sigo alentando hasta hoy.

Comentarios

Musilaka ha dicho que…
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