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La sentencia de Fujimori: la recuperación de la decencia


Mi hijo nació en los años de la dictadura. Tiene trece años y cuatro tomos de un diario que inicié a los pocos días de su nacimiento. Ese diario es mi memoria y, en cierta medida, la memoria de lo que pasaba mi país en ese momento. Ayer lo releía y me encontré con la indignación, con el asco y el dolor que sufrimos muchos ciudadanos por las atrocidades cometidas en el nefasto gobierno de Fujimori. Recordé las matanzas, los desaparecidos, el circo, la corrupción, la instauración oficial de la cultura chicha, las caricaturas en que se convirtieron Pablo Maccera y Francisco Tudela, el asesinato moral del país. Recordé también el lavado de la bandera, las marchas por la reconquista de la democracia, los artículos en revistas universitarias, el muro de la vergüenza y todas esas jornadas en las que uno siempre se maravillaba de encontrar tantos jóvenes. Mi hijo ya era un niño de cuatro años y acudió a varias de estas manifestaciones. Lo acabo de leer en su diario.
Luego llegó la huida de Montesinos, la cobarde e ignominiosa fuga de Fujimori, la renuncia por fax, la protección que tuvo de Japón, su permanencia en Chile, su llegada al Perú, la desvergüenza de sus geishas resucitadas para defender a su amo. Luego, el juicio. Debo confesar que esperaba la sentencia con mucho desaliento. El fujimontesinismo nos había mostrado el poder que tenía sobre los jueces en su momento, el oficialismo de hoy necesita de los votos fujimoristas en el congreso, la derecha peruana siempre ha optado por borrón y cuenta nueva. Todo ello me provocaba desazón y zozobra.
Al llegar a casa me entero de la sentencia. Siento alivio. Le doy la noticia a mi hijo. Se ríe, bromea, trivializa; pero sé que está contento y eso me da esperanza en lo que su generación pueda hacer en unos años más.
Fujimori sacó lo peor de nosotros. A unos les habló al estómago, a otros al hígado, a otros al apetito de sus gónadas. Hubo quienes no lo escuchamos, pero igual nos manchó porque nos enseñó a odiar, a maldecir y a despreciar a las ingentes masas que lo aplaudían mientras envilecía más y más la patria. Después de una dictadura no hay inocentes. ¿Quién nos devuelve la mirada matinal de las utopías colectivas que un día tuvimos? Mi alegría por la sentencia tiene algo de la ferocidad de esos días. Definitivamente, después de la dictadura no quedamos inocentes.

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