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Del porqué nacer un 29 de setiembre


El 29 de septiembre es para mí, por razones maternales, el más hermoso día del año. Dado que mi parto no pudo ser normal, tuve la fortuna de poder decidir el día en que nacería mi hijo. En verdad, no lo pensé mucho. Un 29 de setiembre había nacido Miguel de Cervantes Saavedra, Miguel de Unamuno. Ambos eran escritores fundamentales en mi formación intelectual. Cada año vivo con más intensidad su cumpleaños. Atrás han quedado las espectaculares celebraciones de los primeros años. Ahora es más nuestra, más de piel y palabras. Debe ser que cada año mi amor es más grande y más sencillo y más proyectivo y más de nostalgia y más de todo lo que significa amar en la contradicción de quererlo cerca y, al mismo tiempo, fortalecer sus alas para que pueda elegir volar lejos de mí.
Quería que mi hijo conociera un poco a este escritor que tiene que ver con su cumpleños, presentarle un instante en la vida de Don Miguel de Unamuno, paradojal hasta el desencuentro, de quien aprendí que hay obstinaciones saludables y retractaciones ejemplares y, lo mejor, que no claudica quien acepta que en su mente y corazón habitan contradicciones que nos permiten, de igual forma, pequeñas derrotas y diminutas victorias. El discurso que leerán a continuación fue pronunciado el 12 de octubre de 1936. Las universidades españolas empezaban a ser acalladas por el franquismo. Don Miguel responde al discurso que le precedió:


“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo , lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona. Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito “¡Viva la muerte!” y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.”
En este momento Millán Astray comienza a gritar “Muera la inteligencia!”, a lo que Unamuno responde:
“Este es el templo de la inteligencia! Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho.”
El 22 de octubre de 1936, Franco firmaba la destitución de Unamuno como rector. Pasó los últimos días de su vida en arresto domiciliario hasta el 31 de diciembre que fallece.

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